Por: Milciades Ventura Lembert
En la República Dominicana, hablar del futuro de la juventud es hablar también de los desafíos que plantea la era digital. El acceso a la tecnología y al entretenimiento, nunca había sido tan amplio ni tan inmediato; pero este mismo privilegio se ha convertido en un arma de doble filo, puesto que lo que podría ser una oportunidad para el desarrollo personal y colectivo, se transforma en muchos casos en un muro invisible que detiene la creatividad, la criticidad y el sentido de propósito de nuestros jóvenes.
De las 24 horas que componen el día, la biología
nos obliga a dedicar ocho al descanso, quedando tan solo dieciséis horas
disponibles para el estudio, la familia, el trabajo, la recreación y el
crecimiento personal y profesional. Sin embargo, una gran parte de nuestra
juventud emplea casi la totalidad de esas horas en redes sociales, videojuegos,
reality shows y series de televisión. Este uso desmedido de la tecnología y las
pantallas, genera una dependencia de la dopamina inmediata, que a su vez
alimenta la procrastinación, generando las condiciones para que se posponga lo
esencial y se acoja lo trivial.
Las consecuencias de este estilo de vida son sumamente
profundas, pues el tiempo que debería invertirse en la lectura o el aprendizaje,
se destina a estímulos que pocas veces contribuyen al desarrollo de nuevas
conexiones sinápticas, afectando así la capacidad cognitiva, el pensamiento
crítico y la posibilidad de construir proyectos de vida sólidos.
Jóvenes sin hábitos de búsqueda del
conocimiento, se convierten en presas fáciles de la posverdad, de las
corrientes mediáticas efímeras y de un consumismo, que los despoja de
herramientas para ser productivos, en un siglo que cada vez demanda una mayor
competitividad.
Este escenario ya deja huellas visibles en nuestro
país; cada vez hay más jóvenes atrapados en la categoría de ninis (quienes ni
estudian ni trabajan), y otros que, aun estando insertados en el sistema
educativo o laboral, quedan sumergidos en la “carrera de la rata”, condenados a
la rutina de sobrevivir, sin llegar nunca a prosperar.
No obstante, es necesario reconocer que la
tecnología no es en sí misma enemiga del progreso. Al contrario, si se utiliza
correctamente puede ser aliada, puesto que ese mismo celular o computadora que
divierte, también te permita entrar a bibliotecas virtuales, a recursos
audibles, documentales, a cursos de emprendimiento, a conferencias
internacionales o a foros donde se debaten ideas innovadoras. La clave está en
el uso que se haga de las herramientas.
Como sociedad, tenemos el deber de orientar a
nuestros jóvenes hacia un consumo equilibrado, consciente y productivo del
tiempo, puesto que el costo no es solo individual, sino nacional, pues el
futuro de una sociedad depende en gran medida de la capacidad de sus ciudadanos
para innovar y crear un proyecto común de desarrollo; y como sabemos, la
historia nos ha enseñado que los jóvenes son fundamentales en ese proceso.
Es necesario impulsar políticas públicas de
disciplina digital, ampliar los programas culturales que estimulen la lectura y
la creatividad, y familias más comprometidas en el acompañamiento formativo de
sus hijos. Pero también hay que hablar del compromiso personal; cada joven debe
preguntarse si en lo que invierte la mayor parte de su tiempo, lo acerca o lo
aleja del alcance de sus metas.
El reto que enfrentamos es grande, pero no
imposible. Nuestro país necesita de jóvenes que sepan equilibrar el entretenimiento
con el aprendizaje, solo así evitaremos que la dopamina digital y la
procrastinación nos arrebaten el tiempo, que constituye el recurso no renovable
más valioso de nuestras vidas, y del que depende el destino de nuestro país.
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