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Tu hijo saca buenas notas y no sabe lo que quiere

CARLOS CANDELARIO 9:24 a.m.

Por: Joanna Habiak


Los padres preguntamos por las notas cada semana. Por lo que quieren, casi nunca. Pero es muy necesario. Incluso si planteas esta cuestión y descubres que su hijo no sabe lo que quiere, también puede suponer un punto de inflexión que le ayude a desbloquearse, a ganar autonomía e, incluso, a descubrir su camino.


Han pasado ya unos años, pero me acuerdo perfectamente de aquella cena. Estaban en casa los amigos de mi hijo, chavales de 17 años, hablando todos a la vez y vaciando la fuente antes de que me diera tiempo a sentarme. Buenos chicos, de los que dan las gracias y recogen el plato.

En un momento de la conversación pregunté, sin ninguna intención, qué querían hacer con su vida. Se hizo un silencio raro. Uno dijo que ser funcionario. Otro se encogió de hombros. Un tercero contestó: «Lo que salga». Y ninguno, ni uno, nombró algo que le apeteciera de verdad.

No eran chicos apáticos. Sacaban buenas notas, tenían planes para el sábado y opiniones sobre casi todo. Simplemente, nadie les había hecho esa pregunta lo bastante en serio como para tener preparada una respuesta.

Me fui a dormir dándole vueltas. Y lo que me quitó el sueño no fue lo que ellos habían contestado. Fue darme cuenta de cuánto tiempo llevaba yo sin preguntárselo a mi propio hijo.

Preguntamos mucho, pero siempre sobre lo mismo

Porque preguntamos mucho. Preguntamos qué tal el examen, si ha comido, a qué hora vuelve, si ha quedado con alguien, si ha cogido la chaqueta. Preguntamos sin parar. Pero casi todas nuestras preguntas van sobre lo que hace, lo que cumple y lo que le puede pasar. Casi ninguna va sobre lo que quiere.

Y hay un motivo por el que esto ocurre, y no es la desidia. Es el miedo.

Cuando un hijo crece, nuestra cabeza se pone en modo prevención. Queremos que esté bien, que no sufra, que no se equivoque en algo que le cueste caro. Y desde ese lugar preguntamos por lo medible, porque lo medible tranquiliza: una nota, una hora, un plato vacío. Preguntar qué quiere abre una puerta que no controlamos, y abrir puertas que no controlamos es justo lo que nuestro sistema de alerta intenta evitar.

Preguntamos mucho a los hijos, pero casi nunca sobre lo que quieren ellos.

“Yo lo que quiero es que no lo pase mal”

Hay una frase que escucho tanto a los padres que la reconozco antes de que la terminen: «Yo lo que quiero es que no lo pase mal.» Yo también la he dicho. Y la entiendo entera. Pero ahí está la trampa silenciosa: un niño al que le vamos retirando el obstáculo cada vez que aparece no aprende a desear. Aprende a esperar. A esperar que alguien lo resuelva, que alguien lo apruebe, que alguien le diga lo que toca. Y unos años después, esa espera se parece mucho a un chaval encogiéndose de hombros en una cena.

La ambición no nace de la comodidad. Nace de haber sostenido una frustración con alguien al lado.

Tres pequeñas cosas que cambian la perspectiva

La buena noticia es que esto no exige un plan educativo ni una conversación solemne. Exige tres cosas pequeñas.

La primera: haz la pregunta y aguanta el silencio

Pregunta qué quiere, y cuando te conteste «no sé», no rellenes tú el hueco con sugerencias. Ese «no sé» casi nunca es el final; es el principio. Si esperas diez segundos sin rescatarle, muchas veces aparece algo detrás.

La segunda: deja que algo le salga mal esta semana

Algo pequeño y sin consecuencias graves: un trabajo entregado tarde porque lo dejó para el final, un plan que se le escapó mientras lo pensaba. No corras a arreglarlo. No es dureza, es entrenamiento; la frustración sostenida al lado de alguien que te quiere es exactamente el músculo que después sirve para querer algo que cuesta.

Y la tercera: cuéntale lo que quieres tú

No lo que quieres para él, que eso ya lo sabe de sobra. Lo que quieres tú, a tu edad, ahora. Un hijo aprende a desear viendo desear, y si en casa nadie habla nunca de deseos propios, es difícil que él se invente el idioma.

Y celebra también las veces que sale bien. El día que te cuente una idea suya, por rara que te parezca, y tú te muerdas la lengua en vez de señalar los tres problemas que le ves. Ese mordisco es una victoria, aunque nadie la vea.

Hay preguntas que los animan a plantearse lo que quieren realmente.

Preguntas que ayudan a pensar

Semanas después de aquella cena se lo pregunté a mi hijo. Directamente, sin rodeos, un día cualquiera. Tardó en contestar, y lo que dijo tampoco fue una respuesta cerrada. Pero se quedó callado pensando, que era exactamente lo que yo necesitaba ver.

Y quizá la pregunta que merece la pena hacer esta semana no es qué va a estudiar tu hijo, ni si va a aprobar, ni qué salidas tiene lo que ha elegido. Es esta, en tu propia cocina, sin prisa: ¿tú qué quieres?

Fuente: https://saposyprincesas.elmundo.es/

 

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