Por: Joanna Habiak
Los padres preguntamos por las notas cada semana. Por lo que quieren, casi nunca. Pero es muy necesario. Incluso si planteas esta cuestión y descubres que su hijo no sabe lo que quiere, también puede suponer un punto de inflexión que le ayude a desbloquearse, a ganar autonomía e, incluso, a descubrir su camino.
Han pasado ya unos años, pero me acuerdo perfectamente de
aquella cena. Estaban en casa los amigos de mi hijo, chavales de 17 años,
hablando todos a la vez y vaciando la fuente antes de que me diera tiempo a
sentarme. Buenos chicos, de los que dan las gracias y recogen el plato.
En un momento de la conversación pregunté, sin ninguna
intención, qué querían hacer con su vida. Se hizo un silencio raro. Uno
dijo que ser funcionario. Otro se encogió de hombros. Un tercero contestó: «Lo
que salga». Y ninguno, ni uno, nombró algo que le apeteciera de verdad.
No eran chicos apáticos. Sacaban buenas notas, tenían
planes para el sábado y opiniones sobre casi todo. Simplemente, nadie les
había hecho esa pregunta lo bastante en serio como para tener preparada una
respuesta.
Me fui a dormir dándole vueltas. Y lo que me quitó el sueño
no fue lo que ellos habían contestado. Fue darme cuenta de cuánto tiempo
llevaba yo sin preguntárselo a mi propio hijo.
Preguntamos mucho, pero siempre sobre lo mismo
Porque preguntamos mucho. Preguntamos qué tal el examen, si
ha comido, a qué hora vuelve, si ha quedado con alguien, si ha cogido la
chaqueta. Preguntamos sin parar. Pero casi todas nuestras preguntas van sobre
lo que hace, lo que cumple y lo que le puede pasar. Casi ninguna va sobre lo
que quiere.
Y hay un motivo por el que esto ocurre, y no es la desidia.
Es el miedo.
Cuando un hijo crece, nuestra cabeza se pone en modo
prevención. Queremos que esté bien, que no sufra, que no se equivoque en
algo que le cueste caro. Y desde ese lugar preguntamos por lo medible,
porque lo medible tranquiliza: una nota, una hora, un plato vacío. Preguntar
qué quiere abre una puerta que no controlamos, y abrir puertas que no
controlamos es justo lo que nuestro sistema de alerta intenta evitar.
Preguntamos mucho a los hijos, pero casi nunca
sobre lo que quieren ellos.
“Yo lo que quiero es que no lo pase mal”
Hay una frase que escucho tanto a los padres que la
reconozco antes de que la terminen: «Yo lo que quiero es que no lo pase
mal.» Yo también la he dicho. Y la entiendo entera. Pero ahí está la
trampa silenciosa: un niño al que le vamos retirando el obstáculo cada vez
que aparece no aprende a desear. Aprende a esperar. A esperar que
alguien lo resuelva, que alguien lo apruebe, que alguien le diga lo que toca. Y
unos años después, esa espera se parece mucho a un chaval encogiéndose de
hombros en una cena.
La ambición no nace de la comodidad. Nace de haber
sostenido una frustración con alguien al lado.
Tres pequeñas cosas que cambian la perspectiva
La buena noticia es que esto no exige un plan educativo ni
una conversación solemne. Exige tres cosas pequeñas.
La primera: haz la pregunta y aguanta el
silencio
Pregunta qué quiere, y cuando te conteste «no sé», no
rellenes tú el hueco con sugerencias. Ese «no sé» casi nunca es el final;
es el principio. Si esperas diez segundos sin rescatarle, muchas veces
aparece algo detrás.
La segunda: deja que algo le salga mal esta
semana
Algo pequeño y sin consecuencias graves: un trabajo
entregado tarde porque lo dejó para el final, un plan que se le escapó mientras
lo pensaba. No corras a arreglarlo. No es dureza, es entrenamiento;
la frustración sostenida al lado de alguien que te quiere es exactamente el
músculo que después sirve para querer algo que cuesta.
Y la tercera: cuéntale lo que quieres tú
No lo que quieres para él, que eso ya lo sabe de sobra. Lo
que quieres tú, a tu edad, ahora. Un hijo aprende a desear viendo desear,
y si en casa nadie habla nunca de deseos propios, es difícil que él se invente
el idioma.
Y celebra también las veces que sale bien. El día
que te cuente una idea suya, por rara que te parezca, y tú te muerdas la lengua
en vez de señalar los tres problemas que le ves. Ese mordisco es una victoria,
aunque nadie la vea.
Hay preguntas que los animan a plantearse lo
que quieren realmente.
Preguntas que ayudan a pensar
Semanas después de aquella cena se lo pregunté a mi hijo.
Directamente, sin rodeos, un día cualquiera. Tardó en contestar, y lo que dijo tampoco
fue una respuesta cerrada. Pero se quedó callado pensando, que era
exactamente lo que yo necesitaba ver.
Y quizá la pregunta que merece la pena hacer esta semana no
es qué va a estudiar tu hijo, ni si va a aprobar, ni qué salidas tiene lo que
ha elegido. Es esta, en tu propia cocina, sin prisa: ¿tú qué quieres?
Fuente: https://saposyprincesas.elmundo.es/



Comentarios