Por Miguel Garces
¿Por qué cada vez que oigo a alguien hablar del cambio climático, siento que estoy en una reunión de Alcohólicos Anónimos?. «Hola, me llamo Humanidad, y llevo doscientos años adicta al petróleo. Lo sé, tengo que cambiar, pero es que hoy tuve un día muy duro». Y todos aplauden. La última moda en este grupo de terapia global es hablar de «soluciones tecnológicas». ¡Ah, la tecnología! Ese deus ex machina que siempre nos salva justo cuando estamos a punto de quemarnos vivos en nuestro propio basurero. Es la versión adulta de creer en Santa Claus: si somos lo suficientemente buenos (o si invertimos lo suficiente en startups de Silicon Valley), un milagro tecnológico bajará por la chimenea y nos dejará un planeta nuevo bajo el árbol.
Y no me malinterpreten, a mí me encanta la tecnología. Me
gusta mi smartphone, me gusta que mi auto no se descomponga cada tres días, y
me gusta poder ver a un idiota al otro lado del mundo bailando en TikTok en
lugar de tener que hablar con mi vecino. Pero esta fe ciega en que la misma
mentalidad que nos metió en este hoyo es la que nos va a sacar… es, como
mínimo, para mirárselo.
Los mismos genios que nos dieron el plomo en la gasolina,
los plásticos de un solo uso y el «scroll infinito» para que nunca dejes de ver
publicidad, ¿son ahora nuestros salvadores? Es como pedirle a un pirómano que
dirija el cuerpo de bomberos. Pero bueno, ya que estamos aquí, y como al parecer
no tenemos otro plan que no sea rezarle a San Elon Musk, echemos un vistazo a
los nuevos juguetes con los que pretendemos arreglar el desastre. A ver si esta
vez, solo por variar, no nos sale el tiro por la culata.
Blockchain: O cómo usar la idea más sobrevalorada de la
década para no mentir (tanto)
Empecemos con el blockchain. Sí, esa cosa que
nadie entiende pero que tu sobrino el que «invierte» te jura que es el futuro.
La tecnología detrás del Bitcoin, esa moneda digital que consume más energía que
países enteros para que unos cuantos nerds puedan comprar
pizza sin pasar por un banco. ¡Que genialidad! Empezar la solución a un
problema energético creando un problema energético todavía más absurdo. Es como
intentar apagar un incendio con un lanzallamas.
Respiremos hondo. Dejemos a un lado la especulación y el
humo de las criptomonedas por un segundo. La idea central del blockchain, este
«libro de contabilidad digital que no se puede falsificar», tiene… y lo admito…
cierto potencial.
¿Saben cuál es el mayor problema de todos los acuerdos
climáticos y las promesas corporativas? Que están llenos de mentirosos. Las
empresas nos venden «neutralidad de carbono» que es más falsa que un billete de
tres dólares. Compensan sus emisiones plantando tres árboles en un lugar del
que nunca hemos oído hablar, y que probablemente se incendiará el verano que
viene. Es un chiste. Un chiste muy caro que pagamos todos.
Aquí es donde el blockchain, en teoría, podría servir para
algo. Imaginen un sistema donde cada tonelada de CO2 emitida o absorbida se
registra en esta cadena de bloques (blockchain). De forma pública, transparente
e inalterable. Si una aerolínea dice que ha compensado tu vuelo, podrías
verificarlo. ¡Pum! El crédito de carbono se ha usado. No pueden volver a venderlo.
Se acabaría el «doble conteo», que es el truco de magia favorito de esta gente.
Y lo mismo con las cadenas de suministro. ¿Quieres saber si
tu café «sostenible» no viene en realidad de una plantación que ha deforestado
media selva? ¿O si tus zapatillas no las han hecho niños en una fábrica que
vierte químicos al río? Con blockchain, podrías seguir el rastro del producto
desde el origen. Claro que esto implica que las empresas quieran ser
transparentes. Y eso, es pedirle a un vampiro que se ponga a tomar el sol.
Nueva Regla: No puedes llamarte «verde» si tu
plan para salvar el planeta se basa en una tecnología cuya principal aplicación
hasta ahora ha sido la especulación financiera y el lavado de dinero, todo ello
con una monumental huella de carbono. Antes de usar blockchain para la
ecología, primero hay que limpiarlo. O mejor dicho, que demuestre que puede
funcionar sin tener que enchufar un centro de datos del tamaño de Panamá a una
central de carbón.
Inteligencia Artificial: Porque nuestra inteligencia
natural ya dio de sí
Ah, la IA. Skynet. HAL 9000. La singularidad. Llevamos
décadas con esta matraca, y de momento, lo más inteligente que ha hecho la IA
es recomendarme vídeos de gatos y robarles el trabajo a artistas mediocres.
Pero, de nuevo, si escarbamos bajo la montaña de hype y
pánico existencial, hay algo. Porque seamos honestos, la razón por la que
necesitamos inteligencia artificial es porque la
inteligencia natural ha demostrado ser un fracaso estrepitoso
a la hora de gestionar un planeta. Somos como un niño de cinco años al que le
han dado las llaves de un reactor nuclear. Hemos tocado todos los botones.
La IA, en su forma más aburrida y útil, es básicamente un
optimizador. Un contable con esteroides. ¿Y qué es lo que más necesita
optimización en este mundo? Nuestro consumo demencial de energía. Las redes
eléctricas son un caos anticuado. La IA puede predecir la demanda, gestionar el
flujo de las renovables (que son un dolor de cabeza por intermitentes) y
básicamente evitar que se desperdicie tante energía.
En la agricultura. Durante siglos, hemos cultivado la tierra
como si no hubiera un mañana: desperdiciando agua a lo loco, rociando
pesticidas que matan todo lo que se mueve y usando fertilizantes que acaban en
los ríos. Es una catástrofe. La IA, con ayuda de drones y sensores, puede crear
una agricultura de «precisión». Darle a cada planta exactamente el agua y los
nutrientes que necesita. Ni una gota más. Detectar una plaga antes de que arrase
con todo el campo. Es la diferencia entre cazar con una escopeta de perdigones
y un rifle de francotirador. ¿Es la solución definitiva? No. Pero al menos es
no ser tan increíblemente brutos.
Y luego está el trabajo de análisis. Los científicos del
clima se ahogan en datos. Imágenes de satélite, mediciones de temperatura,
modelos complejos… La IA puede procesar todo eso en un parpadeo. Puede
encontrar patrones en el deshielo del Ártico que a un humano le llevaría cien
años ver. Puede predecir dónde va a empezar el próximo gran incendio forestal.
Es una herramienta. Una calculadora muy, muy potente.
Claro, el peligro es que nos confiemos. Que pensemos que la
IA lo arreglará todo sola mientras nosotros seguimos pidiendo aguacates de Perú
en pleno invierno. La IA puede optimizar un sistema, pero no puede cambiar un
sistema estúpido. Si el sistema está diseñado para el crecimiento infinito en
un planeta finito, la IA solo nos ayudará a estrellarnos contra el muro de
forma más eficiente.
Computación Cuántica: La Magia Negra
Y si la IA les parecía complicada, agárrense. Computación
cuántica. Qubits que son 0 y 1 al mismo tiempo. Partículas entrelazadas que se
comunican a distancia. Si alguien te dice que lo entiende, te está mintiendo.
Es el tipo de cosa que solo funciona si no la miras directamente, como la
democracia.
La idea básica es que un ordenador cuántico no es solo más
rápido que un computador normal. Juega en otra liga. Es como comparar una
bicicleta con un Boing 777. La cantidad de cálculos que puede hacer es tan
absurdamente grande escapa nuestra comprensión.
¿Y para qué queremos esa potencia de cálculo descomunal?
Bueno, para empezar, para crear mejores y mas exactos modelos climáticos. Los
modelos actuales son bastante buenos, pero tienen que simplificar muchísimas
cosas. El clima es un sistema caótico y complejo. Un computador cuántico podría
simularlo casi a la perfección. Podríamos ver, con una claridad aterradora, qué
pasará exactamente si la temperatura sube dos grados. No una estimación, sino una
simulación brutalmente precisa. Quizás si la gente viera una simulación de su
barrio bajo el agua, se tomaría las cosas un poco más en serio. O quizás no, y
solo se quejarían de la calidad de los gráficos.
Pero lo verdaderamente interesante es esto: la computación
cuántica podría permitirnos diseñar materiales que hoy solo existen en la
ciencia ficción. ¿Recuerdan el problema de las baterías? Necesitamos almacenar
la energía renovable, pero nuestras baterías son caras, pesadas y usan
materiales que salen de minas que son un desastre ecológico. Un computador
cuántico podría simular moléculas y diseñar desde cero la batería perfecta. O
un panel solar ultraeficiente. O, y esto es clave, un nuevo catalizador para
capturar el CO2 directamente del aire de forma barata y masiva.
Suena genial, ¿verdad? El problema es que la computación
cuántica está, siendo generosos, en pañales. Es como estar en 1903 hablando de
turismo espacial. Sabemos que es teóricamente posible, pero los computadores
cuánticos que existen hoy son máquinas enormes, delicadas y que apenas pueden
hacer cálculos que tu portátil resolvería en un segundo. Es una promesa. Una
apuesta a muy largo plazo. Es nuestra «lotería» científica. Y como todos
sabemos, la lotería casi nunca le toca al que más la necesita.
Nueva Regla: Si tu plan para salvar el mundo
depende de una tecnología que funciona con los principios de la física que ni
Einstein entendía del todo, a lo mejor deberías tener también un plan B. Un
plan que implique, no sé, usar menos el auto. Solo por si acaso los qubits
deciden que prefieren seguir siendo un misterio.
Robótica: O Mandar a C-3PO a Limpiar Nuestra Cochinada
Por último, los robots. Siempre me ha hecho gracia el miedo
a que los robots nos quiten el trabajo. ¡Pero si hay un montón de
trabajos que nadie quiere hacer! ¿Y qué trabajo es más ingrato y
necesario ahora mismo que el de limpiar el desastre que hemos montado?
Hablamos de reforestación. Plantar árboles es genial, pero
es un trabajo lento y duro. Ya hay robots, drones, que pueden disparar semillas
en zonas de difícil acceso a un ritmo de miles por día. No es tan romántico
como hacerlo a mano, pero es que no tenemos tiempo para ponernos románticos.
Hablamos de mantener las infraestructuras verdes. ¿Saben lo
que es reparar una pala de un aerogenerador de 100 metros de altura en medio
del mar? Es un trabajo peligroso y carísimo. Un robot puede hacerlo, sin
quejarse y sin pedir plus de peligrosidad.
Hablamos de basura. Nuestros océanos están llenos de
plástico. Nuestros vertederos son montañas de residuos. Ya se están diseñando
robots que pueden «pastorear» la basura en los ríos antes de que llegue al mar,
o sistemas automatizados en las plantas de reciclaje que separan los materiales
con una precisión que un humano, aburrido y mal pagado, nunca podría alcanzar.
La robótica no es la solución, es la mano de obra. Son los
obreros que se van a manchar las manos (o los circuitos) haciendo el trabajo
sucio que a nosotros nos da pereza. El problema, como siempre, no es el robot.
El problema es quién lo programa y para qué. Un robot puede plantar un bosque o
puede construir un arma autónoma. La tecnología es agnóstica. La estupidez
humana, en cambio, tiene una clara preferencia por el caos.
La Cruda Realidad: No Hay Botón de «Deshacer»
Y aquí estamos. Con un arsenal de juguetes nuevos y
relucientes. Blockchain para la transparencia, IA para la eficiencia,
computación cuántica para los milagros y robots para el trabajo sucio. Suena
como un plan, ¿verdad?
Pues no.
Este es el verdadero problema: seguimos pensando que podemos innovar para
salir de un problema que creamos consumiendo. Es una contradicción.
Ninguna de estas tecnologías va a servir de absolutamente
nada si no hacemos lo único que de verdad importa: cambiar. Cambiar nuestra
forma de vida. Consumir menos. Viajar menos. Exigir responsabilidades. Dejar de
pensar que tenemos derecho a todo, todo el tiempo.
La tecnología puede darnos un respirador artificial, pero no
puede curar la enfermedad. La enfermedad es nuestra codicia, nuestra comodidad
y nuestra increíble capacidad para mirar hacia otro lado. Creemos que podemos
tenerlo todo: el crecimiento económico infinito y un planeta habitable. Y eso,
amigos, es una fantasía. Una mentira que nos contamos para poder dormir por la
noche.
Así que sí, celebremos a los científicos y a los ingenieros.
Dejémosles jugar con sus qubits y sus algoritmos. Pero no les pidamos que hagan
milagros. El milagro no va a venir de un laboratorio. Tiene que venir de
nosotros. De
la decisión de dejar de ser los niños malcriados del universo.
Y si no lo hacemos, no se preocupen. La tecnología seguirá
ahí. Los robots se encargarán de clasificar nuestros huesos para el reciclaje.
Y la IA calculará, con una precisión milimétrica, el día y la hora exactos en
que nos fuimos, definitivamente al carajo. Y esa, me temo, será su aplicación
más inteligente.
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